domingo, 19 de marzo de 2017

BOSQUEJO BIOGRÁFICO DE JOSÉ GÁLVEZ EGÚSQUIZA


BOSQUEJO BIOGRÁFICO
de José Gálvez Egúsquiza*

I.
A fines del siglo XV, Francisco Pizarro empujado por el espíritu que las guerras, triunfos y conquistas de Isabel la Grande infundieron en el pueblo español, arribó a las desconocidas y felices regiones del imperio de los Incas. Cubierto de acero y acompañado de jinetes invulnerables que manejaban el rayo, llegó hasta el Inca reinante, quien le esperó deslumbrado y afectuoso con su corte y vasallos para darle hospitalidad: esta fue pagada con el suplicio. Cajamarca fue el teatro de tan horrendo crimen; ¡crimen que derribó un imperio y que fue el bautismo de sangre de la conquista del Perú! Tres siglos y medio después, en la misma escena, sobre la misma sangre de Atahualpa, nació el vengador de ese crimen: en 1818[1] nació José Gálvez.

El coronel Dr. D. José Gálvez fue hijo legítimo del señor coronel D. José Gálvez Paz y de Da. María Micaela Egúsquiza.

Sus primeros estudios los hizo en el Colegio Central de Ciencias de su país natal, Cajamarca, bajo la dirección del sabio sacerdote D. José Pío Burga, quien lo distinguió quizá previendo en su joven discípulo un futuro grande hombre.

La naturaleza y las tradiciones históricas influyen siempre de una manera decisiva en el porvenir de los hombres y de los pueblos. Esa influencia es más trascendental e indeleble en caracteres platónicos como el de nuestro héroe.

Gálvez tenía en su temperamento mucho del indígena peruano: era serio, contemplativo y constante: a su espíritu delicado, a su inteligencia escudriñadora, no podía escapar esta verdad: que, ESPAÑA NO NOS TRAJO CIVILIZACIÓN, SI POR TAL SE ENTIENDE LA ALIANZA DE LA CIENCIA, DE LA CARIDAD Y DE LA LIBERTAD, PARA ACERCAR A LOS PUEBLOS EN LO POSIBLE A LA PERFECCIÓN. Para esto era sin duda suficiente el contraste que presentaban la brillantez del cielo, la riqueza del suelo cajamarquino, el lujo de esa naturaleza privilegiada en la que todo es vida; con la humildad, indolencia y tristeza del indio que hoy tanto remeda la muerte; agréguense a esto las tradiciones de la conquista.

¡Cuántas veces, después de oír una de ellas, no contemplaría a la luz del sol poniente y desde las eminencias de las colinas de su cuna, la prisión del infeliz y último monarca: cuántas no compadecería la abyección de una raza inteligente y buena, cuya sangre corría mezclada en sus venas, ilustrada y feliz tres siglos antes, reducida hoy a la oscuridad y consunción! Estamos ciertos que su pecho generoso se desgarró ante los recuerdos del pasado y el espectáculo que le ofrecía al presente una raza entera, y sí como Aníbal no juró al pie de un altar vengar a su padre y en él a una nación; instintivamente hizo Gálvez cuanto pudo por la regeneración y venganza de su patria.

Joven todavía se impuso una misión tan grande como noble, tan seria como dificultosa; una misión digna de él: extirpar para siempre de nuestro suelo el coloniaje, que si bien fue herido gravemente o muerto si se quiere materialmente en Junín y Ayacucho, moralmente quedó como el Fénix de la fábula, renaciendo de sus cenizas.

Hombre de convicciones y de razón, buscó sus armas en las ideas, en los principios, en el derecho, y sus soldados en la juventud. Naturaleza indómita para la injusticia, y todo privilegio lo era para él, encontró estrechos los muros del más antiguo y acreditado colegio, regentado a la sazón por un representante sincero y hábil de los principios retrógrados de autoridad y soberanía de la inteligencia, y se retiró el año 49 al colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, en el que con profusión había sembrado y cultivado las creencias democrático-republicanas el bienhechor de la juventud de esa época, D. D. Sebastián Lorente, historiador y filósofo distinguido.

El espíritu e ideas que dominaban en el recinto de dicho colegio, facilitaron mucho a Gálvez la tarea que se impuso, cuando se dedicó a la enseñanza de la Jurisprudencia y de la Filosofía; distinguiéndose desde entonces como penalista. Gálvez fue el primero que dictó en el Perú un curso de Derecho Penal, combatiendo la doctrina, entonces en boga, de la expiación, a la que opuso ventajosamente la de la corrección. Su alma generosa no podía menos que anatemizar todo sistema que llevara como fin el escarmiento. En derecho público defendió con vehemencia todo lo que se relacionará con las doctrinas liberales, revelando desde entonces el aliento democrático que bañaba su espíritu. ¡Qué lecciones tan elocuentes, sanas y avanzadas no habría podido dejar, si hubiera pensado en escribirlas! Pero si Gálvez se adivinaba ya como caudillo de un principio, su modestia, quizá la absorción de su espíritu en un porvenir puramente político, le hacía desconocerse como escritor. Sin embargo, ¡cuántas páginas maestras se encuentran en los debates de la Convención, en los códigos y en las resoluciones dictatoriales, redactadas por él! Desde la cátedra examinó y combatió los errores, las prácticas y las ideas reaccionarias que, arraigadas unas y sembradas con profusión otras, han venido dominando o influyendo hasta el extremo de que el país desconfiara de sí mismo, es decir de su rehabilitación y reforma.

La cátedra fue el escenario en que se presentó abogando por los principios democráticos, y en que manifestó las dotes con que la providencia la favoreciera para caudillo y orador. Si “el estilo es el hombre”, a nadie más aplicable este aforismo filosófico-literario que a José Gálvez, cuya palabra clara, precisa e impetuosa, revelaba al creyente; más aún, al apóstol de principios que no por ser elevados, dejan de ser verdaderos. Gálvez fue en la cátedra el mismo hombre que se vio después en el foro, en los campamentos, en la tribuna y en el gabinete: incontrastable demócrata, intransigente republicano, honrado administrador; y jamás, en los contrastes de su vida política, en las resistencias sociales que muchas veces provocó con su severidad, en la vehemencia de la peroración parlamentaria que tanto desorienta, ni en situación alguna, se encontraron actos o palabras contrarios o inconsecuentes a sus principios.

Ya que hemos pronunciado las palabras caudillo y orador, toca decir que bajo este segundo aspecto, se mostraba grande únicamente, cuando su improvisación fácil era provocada por la resistencia. De naturaleza impresionable, Gálvez para ser elocuente, necesitaba conmoverse; por eso era más tribuno que orador, es decir, más brillante que convincente, más corazón que cálculo; de aquí que su palabra, casi siempre pausada y fría en los primeros periodos de sus discursos, se iba robusteciendo, entonando y arrebatando a medida que la emoción, ajena o propia le agitaba. Por estas circunstancias, fotografiadas en sus discursos, si fuera necesario dar una calificación a la elocuencia de Gálvez, no sería de trepidarse para calificarla de “elocuencia popular”, y compararla al fuego que mientras más se alimenta más extensión y brillo toma su flama.

En la enseñanza de los principios democráticos, en la formación de su falange, diremos con más exactitud, empleó más de cuatro años, y se preparaba para acometer las tareas del foro, cuando sucesos políticos de muy marcado carácter y de elevada significación, vinieron a distraer sus miras y pensamientos.

II.
Fácil es comprender que Gálvez, poseedor de un alma semejante a la de Mazzini, que tenía fe en sí mismo y fe en la misión que se había impuesto; la regeneración de un pueblo y la muerte de ciertos errores, había de encontrar antipáticos, opresivos los procesos y litigios personales.

Gálvez se había impuesto la defensa de grandes intereses, así es que su mirada, tenazmente fija en la política, siguió con inexorable severidad los pasos de todas las administraciones. Entre estas, la del general Echenique atrajo grandes odiosidades a causa de la mala herencia que le dejara su predecesor el mariscal Castilla, de la que fue peor parte la elástica e imprudente ley de consolidación, cuyo cumplimiento abusivo, sancionado por un círculo desprestigiado y sospechosos en materias de probidad, exasperó a la mayoría de los pueblos que, incitados a la rebelión por caudillos diestros y prestigiosos, la efectuaron con tan gran estrépito, que tomó al poco tiempo el carácter de una verdadera insurrección popular.

Por doloroso que sea decirlo, hasta febrero y noviembre de 65, las revoluciones, en el sentido estricto de la palabra, no han existido en el Perú: lo que hasta entonces se había practicado por los caudillos, son motines y asonadas, cuyo éxito ha dependido más de la audacia y de las esperanzas que han dado a los aspirantes, que de la voluntad y acción del pueblo: a medida que las pasiones se calman, se va conociendo que la de 54 pertenece a esta jerarquía.

Si las revoluciones se originan y verifican por la colosal fuerza de un sentimiento moral y justo que se apodera de una nación entera, y por la múltiple acción del trabajo, de la resistencia y del valor de sus hijos, acción que extendiéndose arrastra todos los intereses a un fin; habrá que confesar que la púnica efectuada fue la de febrero de 65, en la que Gálvez tomó una parte eficaz.

La del 54 tuvo en su origen iguales apariencias de universalidad y justicia; así es que muchos fueron los engañados y entre ellos Gálvez. Ahora, como las revoluciones, sea cual fuere su alcance, tienen por ejecutores y sectarios hombres de naturaleza, instintos e ideas diferentes, que no se unifican, sino que hasta chocan entre sí, a pesar de lo que siempre son y representan, una potencia de impulsión, no será extraño encontrar a Gálvez al lado de caudillos que, si se quiere, pueden considerarse como sus antípodas morales. Entre estos mismos hombres, aun estando adheridos por afinidades de sentimientos y de inteligencia, los unos tienen en la cabeza el rayo de la inspiración, en el seno la hoguera del entusiasmo, llevan a donde van elocuencia y pasión, hijas de la fe, con las que avivan los sentimientos populares o los inclinan a sus creencias, siendo los otros fuerzas puramente pacientes, modestas, que sin embargo embarazan al poder y triunfan de toda resistencia injusta, sin más que seguir a los primeros. A estos perteneció Gálvez, desde que tomó parte en la revolución de 54.

Dos influencias de distinto carácter dominaron el espíritu de Gálvez cuando por primera vez tomó parte activa en la política del país como revolucionario del 54: la una absoluta y la otra social.

Gálvez había contemplado en la sucesión de nuestros gobiernos, que el engaño y la falsificación precedían a todos, aun cuando posteriormente tomaran títulos de legales o legítimos. Con la historia en la mano juzgaba que tantas luchas, encarnizadas unas, sordas otras, que tantos combates entre los que forman una misma generación (la generación republicana);  que tantas quejas y esfuerzos, que tantas batallas sangrientas, y tantos debates en asambleas y congresos, tendían a un fin deseado desde el año 21: el establecimiento de la democracia, basada en la libertad, en el orden y en la ley; mas por desgracia, todos y cada uno de los esfuerzos terminaban en miserables variantes, cuando no en crímenes o farsas indignas. No encontrando en sus meditaciones y en los ejemplos del pasado sino mezquinas tiranías, en los sucesos políticos y sociales, mentiras con manto de verdad, su espíritu tenía que estar dispuesto para toda revolución que entrañara siquiera la esperanza de llegar al fin memorado. Por otra parte, vio que el creador del gobierno del 51, y que muchos que mostraban patriotismo, eran después de haber gobernado antes, los primeros en denunciar grandes abusos fiscales, y señalar, como la ruina perpetua de la nación, la existencia de ese gobierno durante el periodo constitucional. Este que se sentía minado y vacilante se echó en brazos del Congreso, del que solo obtuvo reacciones coercitivas de la mayoría, y acusaciones graves de los bancos contrarios. Por todo esto, Gálvez no trepidó en unirse a los caudillos, llevando el contingente de los que son nacidos para próceres.

La influencia que hacía de Gálvez un gran revolucionario, la formaban sus ideas políticas y su temperamento: las primeras se resentían de la exageración que engendran en una alma pura las tradiciones y rezagos del coloniaje y los espectáculos de la época; el segundo era demasiado impaciente y rígido, permítase la expresión para esperar o doblegarse. Así, pues, Gálvez fu consecuente consigo mismo cuando inició sus labores políticas reuniéndose al general Castillo en Junín.

Gálvez llevó a la revolución de esa época el contingente del valor y de la fe, que por de pronto convirtieron al ciudadano en capitán, y como tal hizo práctico el aforismo cesáreo, de que del ejemplo a la imitación, y de esta al éxito, no hay más distancia para los hombres capaces que la que señala la voluntad. El límite que señala a esta las naturalezas fuertes, entre la concepción y la práctica, es bien corto; así es que viendo la bizarría de los rebeldes del sur, no hay que admirarse de la actividad, previsión y acierto que desplegó en sus operaciones militares, como jefe unas ocasiones, como segundo del bravo general Castillo otras; siendo lo cierto que, durante el corto tiempo que medió entre su llegada al departamento de Junín y su prisión en Colca, a causa de una reacción de las fuerzas que le obedecieron poco antes, ejecutó hechos notables de valor. El gobierno de Lima, que conoció la talla del enemigo que le presentaban sus adeptos, lo embarcó con destino a Chile, de donde poco tiempo después volvió a nuestras costas, internándose hasta encontrar el grueso del ejército dirigido por el caudillo principal, quien, apreciando sus calidades distinguidas y sus servicios lo empleó en la Secretaría de Gobierno, y después en el Estado Mayor de la división de vanguardia, nombramiento a los que precedió el de teniente coronel efectivo, en cuya clase llegó hasta los campos de La Palma, donde tuvo lugar la batalla de ese nombre, que dando el triunfo a los vencedores de Alto del Conde, Arequipa e Izcuchaca, proporcionó a Gálvez la ocasión de manifestarse valeroso y entendido capitán.

La causa que con tanto ardimiento abrazara desde año y medio antes, y a la que sacrificara sus intereses, su salud y sus afecciones personales, triunfó el 5 de enero en los campos de La Palma, en los que desempeño funciones de comandante general.

III.
Gálvez estaba satisfecho, creía que su deber estaba cumplido por entonces; y no deseando otro premio que la realización del ideal político que perseguía desde su juventud, renunció la clase de teniente coronel, ganada por sus servicios, y cuando el humo del combate no se había disipado. Ejemplo de civismo, tanto más meritorio, cuando que estando militarizado el país, una charretera se consideraba con razón como el mejor título para sobreponerse a los demás ciudadanos.

Sea que percibiese que las ambiciones personales se anteponían ya a los principios proclamados, o bien la desconfianza de utilizar ventajosamente sus cualidades administrativas bajo los caudillos de la moralidad en favor del país, lo positivo es que Gálvez no quiso ocupar puestos administrativos o de influencia decisiva en política; contentándose con el dignísimo de rector del colegio de San Carlos.

Su dirección produjo en ese glorioso plantel un sacudimiento saludable, que se hizo menos sensible por la predisposición benévola que existía en la juventud hacia la revolución triunfante, sin duda porque la novedad deslumbra en cierta época de la vida, y porque las ideas democráticas ganan terreno, como todo lo bello, aun cuando solo se presente en teoría. Gálvez aprovechó de esa predisposición, para destruir las ideas reaccionarias que poco antes propagara desde la cátedra alguno de sus predecesores, empleando la misma cátedra como antídoto del veneno que encontrara. Pinheiro anotado fue sustituido por doctrinas más avanzadas; Pacheco (el penalista) fue combatido en las suyas; Ahrens se hizo familiar a la juventud; y Bentham fue comentado y corregido.

La filosofía y la historia se abrieron nuevos horizontes; y, para decirlo todo, el espíritu vivificador de la democracia que poco antes parecía refugiarse en el colegio de Guadalupe, pasó a enseñarse en los vastos claustros de San Carlos ante una juventud ávida de saber.

Trabajando en este sentido, Gálvez llenaba las exigencias de la época en que vivimos; cumplía el deber que se había impuesto, y colocaba a una generación entera en el camino que para ella trazara como el más corto para llegar al fin tan deseado. Desgraciadamente no pudo completar su obra, porque 6 meses después de iniciada tomó asiento en la Convención Nacional, para la cual fue elegido diputado por los departamentos de Junín y de Cajamarca[2]. Sin embargo, ha debido acompañarle la satisfacción de haber sembrado con provecho el germen de sus ideas.

El 14 de julio de 1855 se instaló la Convención, y Gálvez con Escudero, otra constelación brillante de esa época (hoy también apagada por la muerte), ocuparon el puesto de secretarios. Allí, en unión de Prado, Vigil, San Román, Costas, Tejeda, Ureta, Quirós, y otras personalidades, tipos pronunciados, emblemas notables de heroísmo, de ciencia, probidad y patriotismo, que enorgullecen nuestra patria; allí, entre esas eminencias, José Gálvez ocupó casi siempre el puesto más conspicuo, y que todos sus compañeros le señalaron con tanto mayor placer, cuanto que era un homenaje rendido más que al saber o a la experiencia, a la probidad y al valor. Lo que Gálvez trabajó en ese cuerpo es conocido por todos, así como ignorados sus sufrimientos. A la vista están la Constitución de 56, las leyes secundarias, las proposiciones y decretos sueltos, las discusiones parlamentarias; pero lo que hasta hoy ha estado cubierto con un espeso velo, del que hoy levantamos un canto solamente, son los desengaños que ofrecieron al pueblo, las infidencias que cometieron los mismos caudillos de la moralidad.

Y por qué no decirlo: quizá de buena fe, muchos de los miembros de la misma Convención, dieron el escándalo de cisionarse primero, de conspirar contra su propia obra después… Tales hechos hirieron a Gálvez física y moralmente; por eso le vimos convertido principista en acusador; por eso en la tribuna, semejante al león traidoramente herido que en su cólera no respeta cadáveres, Gálvez levantó la vara de un partido para descargarla sobre los vencidos, no por falta de generosidad, por cierto, sino por despecho; y ¡hay cóleras nobles!...

Gálvez lo había expuesto todo con el desprendimiento de intereses materiales que le caracterizaba: había creído, como los compañeros cuyos nombres se han citado, que el fisco sería sagrado, que los llamados ladrones serían castigados, que los titulados robos, convertidos de expedientes en vales, servirían para formar una hoguera de purificación; creyó, en fin, que la Convención y el Gobierno serían ambos en sus esfera la manifestación de las esperanzas populares, ¡engendradas por celestes programas!... Cuando nada de esto sucedió, cuando, por el contrario, los vales fueron reconocidos, por su mismo hermano y la feria se renovó, y las competencias entre poderes amenazaron un legicidio; y la reacción alumbró con la tea de la venganza a los mismos vencedores; Gálvez quizá se arrepintió de haber sido actor del sangriento drama del 54; y para reparar su error, por una de aquellas contradicciones aparentes en política, determinó, y determinó muy bien, no pasarse ni retroceder, sino romper con el pasado y abrir paso a nuevas esperanzas, quizá a una nueva revolución en cuyo torno se habría reunido lo que quedara de verdaderos creyentes en la democracia. De aquí esa severidad y acritud que manifestó contra toda debilidad, contra toda transacción, y que quizá recayó alguna vez sobre inocentes.

Mientras tanto, vistos en su conjunto la Convención y el Gobierno provisorio, los pensamientos más desconsoladores se abren camino para justificar, por decirlo así, los hechos consumados.

Durante el largo periodo que medió entre el 14 de julio de 55 y 2 de noviembre de 57, periodo tan lleno de agitaciones y desengaños, es innegable que los principios liberales obtuvieron triunfos esplendidos: pero como estos, así como la descentralización debilitaban al Poder Ejecutivo, este más de una vez descalzó su guante y lo arrojó al rostro de la Convención, siendo el resultado que el poder moral de esta y el sentimiento nacional estuvieron divididos en dos fuerzas, dispuestas siempre a destruirse, por lo que la Convención perdió el respeto con que se le había acogido. Es claro que careciendo de él, era impotente para dirigir a la sociedad y refrenar al gobierno, con tanta mayor razón cuanta que en su propio seño la Convención encerraba la discordia y la anarquía. El Gobierno por su parte, lo que hacía era violentar a la nación, faltar a sus promesas, debilitar moralmente a la Convención, en vez de calmar a la primera; cumplir las segundas y robustecer a esta.

Si todo es exacto, no hay pues, que admirarse de que el general Vivanco encontrara partidarios entre todos los círculos políticos: que el legicidio de 2 de noviembre se recibiera con la sonrisa más cruel; y que el pueblo olvidara todo lo que debía a sus representantes, quienes le daban un código grandioso que tal vez no tardaremos en apreciar.

Gálvez que preveía estos resultados, así como Vigil, Escudero y otros, sufrió tormentos crueles que lo llevaron al lecho del dolor momentos después del legicidio; y su espíritu, quizá por primera y única vez, sufrió ese decaimiento que necesitara la conmoción de 23 de noviembre de 60.

IV.
No es la época (ni este trabajo lo permite) de juzgar a la Convención; solo diremos que Gálvez con los nombrados y con su actividad, prolongó su vida algunos días; y que principiando por la carta liberal de 56, hasta la última proposición que presentó, siempre manifestó un espíritu liberal en todas sus obras, digno de mejor época y de menos ambicioso gobierno.

Gálvez, después del desastre de noviembre, marchó para Europa, donde pudo atender a su salud seriamente quebrantada por las fatigas del cuerpo y del espíritu, y esperar que las pasiones calmadas le abrieran las puertas de la patria. Logrado su primer objeto, la salud, recorrió muchas naciones del viejo continente, cuyas constituciones estudió con esmero. Sus inclinaciones y principios le hicieron amables la Bélgica y particularmente la Suiza, cuyas costumbres y administración habría deseado ver en su patria. En una de sus cartas a un amigo decía: “Salgo con sentimiento de este país en el que se respira verdadera libertad, en el que la armonía entre la política y las costumbres se palpa lo mismo en la oficina de las autoridades, que en la cabaña de los agricultores. ¿Cuándo sucederá otro tanto en  mi patria?”.

Gálvez consagró, y con provecho, mucho tiempo de su destierro al estudio; y cuando abiertas para él las playas de su país pudo volver, trajo en su cabeza un caudal de ideas administrativas y políticas, y más arraigadas en el corazón las que de antemano profesaba. El espectáculo de las monarquías produjo en Gálvez el efecto que la luz de los fuegos fatuos, cuya flama brillante va debilitándose a medida que transcurre el tiempo y que solo resplandece en la oscuridad, único elemento de su existencia.

Gálvez cuando volvió, permaneció dedicado a su profesión de abogado cerca de tres años.

Por una de esas conversaciones tan frecuentes en la política de Castilla, quizá persuadido este de la elevación y generosidad de Gálvez al conspirar, desengañado tal vez de las esperanzas que pusiera en el partido que hasta el fin de su administración se le adhirió, para escarnecerle después; este prócer no omitió halago, promesa ni cortesía, con el fin de atraer a Gálvez y adherirlo a su gobierno. Los puestos más elevados en la diplomacia y en la administración le fueron ofrecidos, todo en vano. Actor de una revolución desgraciada, su espíritu no transigió con el que juzgaba mal gobernante: creyente de buena fe, no podía doblegar humilde su personalidad ante la conveniencia y menos de un mandatario que, si bien acreedor a su respeto en más de una fase, en política era veleidoso y arbitrario.

Durante las cortas administraciones del mariscal San Román y del general Canseco siguió trabajando en la abogacía. Aun estaba bien dispuesto para servir la primera de estas; y no es dudoso que hubiera tomado parte en la política del general San Román, si su muerte prematura no cortara más de una esperanza lisonjera para la nación.

V.
Se ha dicho que Gálvez no apartaba su mirada de los actos y actores políticos del país; y con esa tenaz observación no es de extrañar que conociera perfectamente las tendencias del vicepresidente general Pezet; que predijera casi con exactitud los males y vicios de que adolecería su administración y la manera triste como cayó. Sus predicciones a este respecto fallaron solo en cuanto a la época, pues la atentatoria captura de las islas de Chincha dio vida a un gobierno que en su conducta y en su personal de su primer ministerio llevaba imbíbita su muerte. Gálvez debía ser y fue uno de los que precipitaron su caída; pero la naturaleza del suceso del 14 de abril dejó atónitos a todos, y pasado el pasmo que produjera, el patriotismo y el deber se adhirieron a ese gobierno acancerado que, incapaz de sacar partido del entusiasmo, generosidad y honor de todos, no tuvo abnegación para abdicar o sucumbir antes que deshonrarse.

Gálvez no creyó un instante en las promesas del general Pezet, ni en las de su gabinete; y guardó silencio, protestando vengar los ultrajes de la patria.

La inacción del Gobierno cuando el incendio de la fragata de guerra española Triunfo, la composición personal del gabinete Allende, la elección del general D. Manuel Ignacio de Vivanco para iniciar negociaciones, hechos que fueron precedidos de los manejos más ambiguos; la enigmática ley de 7 de octubre que expidió el Congreso de 64 y de la renuncia del gabinete Costas, fueron pruebas evidentes de que sus juicios no habían sido erróneos, e impelido por ellos, principió a trabajar en contra de la administración Pezet, cuyos derroches, por otro lado, amenazaban destruir del todo la riqueza fiscal.

No teniendo la prensa la libertad, ni la asociación garantías, escribió a sus numerosos amigos de distintos lugares de la República, “que estuviesen atentos, que no descansaran en decir al pueblo lo que con él se hacía, y que se prepararan a todo evento, por lo que pudiera venir del Gobierno, no siendo de esperarse nada honroso.”

El tratado de 27 de enero no sorprendió a Gálvez, como no sorprendió al partido liberal; y si bien produjo en todos dolor profundo esa humillación nacional; no fue pequeño consuelo estar prevenido para la insurrección que, sabía con seguridad, debía estallar en Arequipa encabezada por el señor coronel D. Mariano I. Prado, restaurador de la honra nacional.

Cuando tuvo noticia de los sucesos de 28 de febrero en aquella ciudad, Gálvez pensó en unirse al caudillo; pero, conociendo la suficiencia de este para llevar a cabo la reivindicación de la honra nacional se abstuvo de hacerlo, con tanta mayor razón, cuanto que, siendo jefe de un partido, el calificado Rojo; su presencia podía dar un carácter menos lato a la revolución gloriosa que se inició. Así es que utilizó sus servicios en diversas comisiones del Gobierno revolucionario, tanto en el país como en Chile, a donde fue en clase de agente confidencial, trabajando entonces sin descanso para proporcionar armas, recursos pecuniarios y, lo que es más importante, las simpatías de un gobierno y pueblos vecinos.

Si no en todas ocasiones, en muchas logró el objeto a que tendían sus pasos y esfuerzos y siempre manifestó esa energía e inteligencia, que ni sus enemigos políticos le han disputado. Mientras tanto, el país sentía que sus operaciones no eran estériles y que en Gálvez tenía un celoso servidor.

Pronunciada la República, del Desaguadero a Canelos, del Amazonas al Pacífico, sin más excepción que el departamento de Lima, Gálvez se unió al Gobierno restaurador en Chincha, y permaneció al lado del coronel Prado hasta el 6 de noviembre en que ambos entraron triunfantes a la capital, habiéndose distinguido ese día, como en otras ocasiones, por sus serenidad y entusiasmo. El mismo día entró también el vicepresidente, general D. Pedro Diez Canseco a palacio libre de estorbos y peligros.

El vicepresidente organizó su gabinete, y manifestó no querer apartarse del camino que había aparentado seguir su predecesor, el constitucional. Adoptó en la política interna esos términos medios que jamás dan resultados satisfactorios: en la exterior, hizo algo peor, se conformó con declarar que las relaciones con España quedaban en el pie que tenían después del 14 de abril de 64. Esto era falsear la revolución completamente, desde que su principal objeto fue reivindicar al país: era burlar las esperanzas de Chile, ya en guerra con España, o más bien las esperanzas de la América que, en la secuestración de las islas de Chincha, vio los brotes de esa ambición europea que hizo tremolar el pabellón español en Santo Domingo y el francés en México.

El ejército y el pueblo, el primero que acababa de cruzar la República, sufriendo penalidades, el otro, que había sido saqueado, ultrajado y abaleado por el gobierno anterior, ya vencedores, no podían, ni era lógico que pudiesen sostener a un gobierno que así procedió, como no es posible que un corazón noble y valiente sostenga o se hermane a ideas contemporizadoras después de un gran triunfo.

La Constitución del 60, que había servido de escudo a todos los abusos de la administración anterior, era una de las trabas más fuertes, a pesar de su desprestigio, para introducir las reformas que la revolución se propuso acometer y terminar, y amparaba legalmente a los hombres que más habían abusado en el país. Por todos estos motivos, pueblo y ejército se unieron en la capital, como se unió después todo el Perú, para pedir al Gobierno el cumplimiento del programa revolucionario, consignado en las actas de la mayoría de los pueblos insurreccionados. Y para que las personalidades no quitaran a los nuevos principios el brillo que debieron conservar para ser respetados; no obstante la ineptitud reconocida del segundo vicepresidente, se le ofreció por ambos la suma de poder que era necesario en las circunstancias, para llenar las aspiraciones populares que eran de justicia, reivindicación y honra. El segundo vicepresidente se negó a aceptar la autorización ofrecida; y entonces se invistió con ella al general Prado, quien, desde el primer día en que asumió la responsabilidad de coronar la obra de la revolución, no descansó un instante hasta ver cumplida su misión el DOS DE MAYO DE 1866.

Hemos entrado en la precedente digresión, porque Gálvez fue de los primeros en protestar de la conducta ambigua, débil y mezquina del gobierno que se llamaba constitucional, sin que hubiera razón para sostener ni el calificativo de tal, desde que el derrocado lo invocaba con mejor derecho.

Gálvez palpó también las intrigas palaciegas, cuya consecución por más tiempo habría dado lugar a un cambio de hombres, más no de ideas, principios y reformas: por esto, y por las consideraciones anteriores, proclamó las aspiraciones del pueblo y ejército victoriosos; llegando a ser el principal agente de ambos.

Proclamada la Dictadura, Gálvez tenía que ocupar un puesto culminante; puesto al que sus antecedentes, posición y trabajos lo llamaron con beneplácito del Dictador, quien, mejor que nadie, apreciaba su rectitud, ilustración y capacidad, pues militaron juntos en la revolución del 54, fueron colegisladores en la Convención del 56, y, posteriormente, miembros de una misma causa: ese puesto fue el de Secretario de Guerra.

La significación personal de Gálvez, la influencia del puesto que ocupó, sus ideas avanzadas y severas, hicieron temblar a los vencidos en 6 de noviembre, y a los que habiendo tomado parte de la administración Pezet, tenían sobre su conciencia responsabilidades que salvar. El temor aumentó al ver la pureza y decisión de los que con él completaron las Secretarías de la Dictadura; quienes al ocupar el puesto que les designó el Jefe Supremo, pusieron en práctica el programa revolucionario.

Este temor fue infundado; porque, si bien el solo nombre de Gálvez era una amenaza para los traficantes políticos, estos tuvieron la suerte de que la guerra con España, que debía declararse, como se declaró, y la defensa del país, que era su consecuencia inmediata, absorbieran su tiempo y meditaciones, de tal manera, que casi no participó de la política interior. El Callao, su fortificación, el aumento de elementos de defensa y de victoria, eran la mira de sus pensamientos y la del Dictador. ¡Prado y Gálvez presentían el 2 de Mayo!

Esta es la principal causa por la que la acción administrativa de Gálvez, como Secretario de la Dictadura, fue la menos sensible en la política interior del país; no dejando de influir mucho la confianza que le inspiraban sus compañeros, los señores Pacheco, Tejeda, Pardo y Quimper.

Aparte de estas causas, creemos que su conocimiento del país, madurado en las luchas parlamentarias, en el destierro y en sus viajes, había, si no debilitado su rigidez política, por lo menos calmado su vehemencia; siendo positivo que, cuando la necesidad lo llevó a tomar parte en los consejos dictatoriales, Gálvez, con asombro de sus colegas, fue más de una vez quien se opuso a innovaciones y reformas, muy conformes con sus antecedentes e ideas, y que sus compañeros de gabinete implantaron o intentaron introducir.

Contraído Gálvez a los trabajos de guerra, y desconfiando de sus luces, pues tenía la modestia del mérito, llevó al ministerio: primero, a un actor principal de la revolución, al señor coronel don Lino Cornejo; y poco tiempo después, a un amigo íntimo, cuya ilustración y probidad le era conocidas, al coronel D. Juan Espinosa, en quien descargó, durante los días inmediatos al 2 de Mayo todas las labores de su penoso puesto, para dar ensanche a su actividad en el Callao, donde en compañía de los ingenieros Malinowski, Borda y Arancibia, estudiaba los detalles más importantes y las probabilidades culminantes de la manera más conveniente de asegurar el triunfo sobre las naves españolas, que ya habían tomado una actitud amenazante.

Sin embargo, Gálvez se dio tiempo para dictar algunas medidas económicas y de organización militar de gran trascendencia para el país y para el erario nacional, cuya situación se inclinaba a la bancarrota. Aquí solo apuntaremos las más importantes, tanto para que no sean olvidadas, como para que se vea su espíritu recto, económico y organizador.

El 11 de diciembre de 65 suprimió las inspecciones de los cuerpos cívicos, dejando la organización de estos al inspector general del ejército.

El 12 del mismo, declaró nulos los ascensos dados por la administración Pezet hasta el 7 de marzo, lo mismo que los ascensos a generales, contraalmirantes, coroneles y capitanes de navío, concedidos antes de la misma fecha sin aprobación del Congreso. Mandó borrar del escalafón militar a los que hubieren seguido sirviendo hasta el 6 de noviembre. Los demás jefes fueron indefinidos, percibiendo sus haberes con arreglo a sus clases y tiempo de servicios, Por el artículo 5° y último de este decreto, dejó subsistentes las responsabilidades fiscales y políticas, las que debían hacerse efectivas con arreglo a los decretos del gobierno dictatorial. En la misma fecha, y como consecuencia de lo anterior, mandó cancelara las tomas de razón de todos los títulos y despachos conferidos por la administración Pezet en las condiciones indicadas.

Por otro decreto ordenó la rendición de cuentas al excomisario general y a los primeros y segundos jefes de los cuerpos rendidos, para que se devolviesen a la tesorería y reintegrasen en dinero lo que justamente no se hubiera invertido, y se nombró con tal fin una comisión revisora.

El 17 de diciembre suprimió el cuerpo político de la armada, por no tener funciones propias que desempeñar.

Para evitar que se cobrasen montepíos mayores que los debidos, mandó revalidar las cédulas de montepíos, declarando a las viudas el haber que les correspondiera por la clase anterior al ascenso dado después del 7 de marzo.

Los abusos que pudieron crearse por reclamaciones indebidas o exageradas, fueron atajados por medio de la circular que dirigió, con fecha 5 de enero a los prefectos, pidiéndoles la remisión de una nota exacta de los subsidios de guerra, víveres, cabalgaduras, etc., que los ciudadanos hubiesen facilitado a la revolución.

El 14 de enero fue un día grande para la patria: ese día solemne, Gálvez tuvo la satisfacción que por tanto tiempo y con tantas fatigas persiguiera, ese día firmó con los otros Secretarios, la declaratoria de guerra a España que hizo Prado.

Una medida más previsora que justa, pero relevante de su desprendimiento desde que él mismo era militar, fue la que expidió dividiendo en cuarentavas partes el goce de cesantías, y declarando que solo se reconocía derecho a tal goce por servicios reales y efectivos.

El 24 de enero, Gálvez expidió el notable documento sobre instrucciones a los comandantes de buques de guerra y a los corsarios del Perú, para persecución y apresamiento de naves enemigas. Ese escrito fue redactado en cortísimo tiempo, y es una prueba clásica de la ilustración del Secretario de Guerra y Marina. La concisión, claridad y método que guarda en su forma, corresponde a la elevación de miras y al progreso de las doctrinas modernas en materia de derecho internacional.

El 15 de febrero decretó el establecimiento de guardias nacionales, según la ley orgánica de 12 de marzo de 1857, dada por la Convención.

La victoria de Abtao, que sirvió para encender el entusiasmo de los peruanos, fue merecidamente estimada por el Jefe Supremo y por sus Secretarios; y a Gálvez cupo la suerte de redactar y autorizar con su firma el decreto supremo de 11 de marzo, concediendo una medalla a los vencedores. Los términos del decreto revelan al entusiasmo con que se expidió.

El día anterior dispuso el desarme de la fortaleza de la independencia y que toda la artillería pasase a las baterías de la playa. Dos motivos de importancia tuvo Gálvez para dictar esta medida: utilizar más ventajosamente los cañones, y proporcionar un lugar seguro de depósito al comercio.

El último decreto que existe publicado de los que firmó es el de 28 de abril, creando una junta para dar y señalar colocación a todos los que ofrecieron sus servicios en defensa de la patria.

Parece que después se limitó a resoluciones y prevenciones relativas a la fortificación y defensa del Callao, siendo de su predilección los trabajos que se verificaban en la torre de la Merced, futuro calvario del creyente republicano, del denodado patriota.

Desde que firmó este decreto, se puede decir que no se apartó del Callao. Allí estuvo vivificando el entusiasmo, robusteciendo las fuerzas de ese pueblo que, convertido en Atlante, construía una batería, la del pueblo, en veinticuatro horas; que no dormías, esperando la hora de la victoria; y que cada vez que lo veía pasar, llenaba el aire de aclamaciones patrióticas que sin saberlo, eran un digno adiós que daban al que de jefe debía pasar pronto a la gloria de víctima y de héroe…

Llegó por fin el 2 de Mayo. Gálvez recorrió sereno nuevamente las baterías, en seguida se retiró a escribir a la gobernación, hasta que le anunciaron la aproximación de la escuadra enemiga a estas, entonces, sin inmutarse, apresuró la conclusión de un escrito al parecer oficial, el que terminado guardó sobre sí. En seguida pidió su caballo y fue a escape hasta la batería de Abtao, de la que regresó a la torre de la Merced; donde tuvo la gloria de disparar el primer cañonazo del 2 de Mayo. Las últimas palabras que de él se conservan fueron las que dirigió a un amigo que le saludaba: “¡Qué día tan grande el de hoy!”

Al ver a Gálvez fijar con tanta avidez su mirada en el lugar en que pereció, al contemplarle trabajando sin descanso en levantar la formidable torre cuyo nombre pertenece a la historia, Gálvez se presenta con el estoicismo de los reyes egipcios que inspeccionaban la erección de las famosas pirámides en que debían descansar sus restos, y que serían digno mausoleo de un hombre que en vida reunió las virtudes políticas más acendradas, las más ambles y puras del trato social, sino fueran testimonios del despotismo. Pero no, Gálvez reposa en algo más grande que esas pirámides, más inmenso que el desierto que las rodea: Gálvez tiene el mismo sepulcro que Washington, ¡el corazón de sus conciudadanos!





* "Bosquejo biográfico del coronel D. D. José Gálvez", El Comercio, N° 10149, Lima, 1 de mayo de 1869, pp. 2-4.
[1] La información sobre la fecha del nacimiento de José Gálvez es contradictoria. Jorge Guillermo Leguía, en su Elogio a José Gálvez, solo menciona el año de 1819, e incluso ese dato pareciera mera referencia por corregir, pues en otros escritos vinculados a Gálvez hace alusiones en el sentido de que esa no sería la fecha correcta. Sin embargo, muchos textos de divulgación histórica, entre ellos la Enciclopedia Ilustrada del Perú por Alberto Tauro del Pino y el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú por Carlos Milla Batres mencionan que Gálvez nació el 19 de marzo de 1819. Por el contrario, en la biografía escrita por Elena Villanueva en la Biblioteca Hombres del Perú, así como en la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre, se menciona que Gálvez nació el 28 de abril de 1822, señalando que la anterior fecha, que se creía ser la verdadera, tenía su razón porque a Gálvez le gustaba seguir la costumbre española de celebrar su cumpleaños el día 19 de marzo, día de San José (lo que se observa en algunos artículos de periódicos de la época). No obstante, ambos indican que la fecha exacta se debe al descubrimiento de su partida de bautismo (sea por Elena Romero o por José Gálvez Barrenechea), en la cual consta el 28 de abril de 1822 como fecha de su natalicio. Información contradictoria que esperamos dilucidar ubicando dicha partida de bautismo u otro documento parecido.
[2] Fue elegido diputado por las provincias de Pasco, Cajamarca y Cajabamba. En la Convención Nacional optó por representar a la provincia de Pasco.

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