“Para que un pueblo entre en el goze de la libertad, no basta derrocar al antiguo despotismo: los anales del género humano acreditan, que por lo común suele quedar una segunda lucha con grave peligro de fracazar. Un guerrero feliz y coronado de la victoria, es muy fácil que envanecido con los pomposos títulos con que los pueblos suelen expresar su gratitud, embriagado con las aclamaciones de la multitud y la adulación de las almas bajas que nunca faltan, se crea el hombre destinado por el cielo para dominar a los que arrancó de otra tiranía: sus pasiones exaltadas, la tendencia natural del corazón humano al poder, con los medios que dan las armas, le hacen romper la débil barrera de la ley, y destruir la naciente libertad. Ojo a la historia, y no se olvide, que lo que siempre ha sido, eso mismo será”.
Luna Pizarro, 2 de noviembre de 1822. Sala de sesiones del Congreso Constituyente.
1. Conocedor de la historia y de las pasiones humanas, Luna Pizarro temió siempre la intervención de tropas auxiliares extranjeras que coadyuvaran a nuestra independencia del dominio español. Promovió por ello, en 1822, la unión entre todos los peruanos para trabajar de consuno en esa empresa. Tenía en mente el grave peligro que se cernía sobre los destinos del Perú si las facciones, en fermento, se imponían: el ambicioso guerrero del norte nos subyugaría. Sus temores los expresó en la tribuna: “si damos entrada a la anarquía, Bolívar tendrá un pretesto para introducirse en el país: guerrero feliz el podría conquistar nuestra Independencia; pero en cambio, aspirará a hacerse déspota, y dominarnos como esclavos”(1). No obstante, sofocó sus “fundados temores”, cuando la necesidad y las desgracias del país hicieron inevitable la presencia de Bolívar para salvar la patria peruana, sosteniéndolo con su opinión del modo que le permitían las circunstancias(2), aunque comprendía que esa presencia era lo mismo que “mudar de amo”(3).
2. En su autoexilio en Chile, donde seguía con detenimiento los acontecimientos del país, Luna Pizarro recibió con alborozo la noticia de la victoria del ejército libertador sobre el ejército relista en los campos de Ayacucho. Comprendió que era necesario, entonces, organizar el país y establecer un gobierno libre de toda ingerencia extranjera, pues recelaba de la conducta política del Libertador. Decidió, por lo pronto, retornar al Perú para ver si con su influjo el elemento nacional lograba unirse para dirigir los destinos del país. Previamente fue tanteando los ánimos de diversos personajes influyentes del país, entre ellos su muy apreciado José de La Mar. A este remitió dos cartas fechadas el 16 y 25 de febrero de 1825, en las que felicitándolo por haber tenido la suerte de ser “uno de los que se hallaron en la batalla de Ayacucho”, le inquiría sobre la posibilidad de ejercer el mando en el Perú. Empero, La Mar, con su característica apatía, modestia y carencia de ambición contestaba en el sentido de no haber “nacido para mandar”, y mucho menos para ejercer la presidencia del Consejo de Gobierno, cargo al que fue destinado por decreto de 24 de febrero, porque no teniendo la menor inclinación a ese destino, ratificaba que “hasta el nombre de Presidente me espanta, me horroriza”. Incluso descartaba el mando del ejército, por carecer de conocimientos y resolución. Mas, colocado en el duro conflicto de retornar a Lima y no poder evitar el servicio público, solicitaba la cooperación de Luna Pizarro y algún otro amigo para que le brinden las luces y capacidad, de las que carecía, “para poder servir aún un poco a la patria”(4).
3. Mientras tanto, en Arequipa, conociéndose las tendencias hegemónicas de los proyectos de Bolívar en beneficio de la Gran Colombia se publicó, entre los meses de junio y julio de 1825, un pasquín, en el que calificaban al Libertador como un monstruo que devoraría a los peruanos para subyugarlos(5) y apoderarse del Perú(6). En ese contexto Luna Pizarro inició su retorno al Perú. El 16 de agosto abandonó Santiago de Chile con destino a Valparaíso, ciudad a la que arribó luego de cuatro días de penosa travesía. Una vez en Valparaíso decidió embarcarse en la fragata Seis Hermanos, que saldría con dirección a Quilca entre fines de agosto o principios de septiembre(7). Ya en su ciudad natal, palparía muy claramente los designios de Bolívar con respecto al Perú y la América del Sur, mostrándose contrariado con la creación de la república boliviana.Con la intención de conocer los planes de boca del propio Bolívar, intentó ganarse la confianza de este iniciando una comunicación epistolar. En efecto, el 28 de septiembre le escribió una carta reconociéndolo, con muestras de admiración y gratitud, como el “hijo primogénito” de la América del Sur, que había derribado con “un golpe de trueno (…) el orgulloso poder español”, otorgando al Perú el don de la independencia y trazándole la ruta al progreso con sabias providencias. Es más, ratificando que “no hay otra libertad verdadera que el ejercicio de la virtud o el imperio de la ley”, no ocultaba que “recién salidos de los vicios y habitudes a que nos había avezado el despotismo” el país necesitaba de “un genio superior que nos enseñe a discernir el bien real y sólido del aparente”. Esta afirmación, que pareciera una claudicación a sus principios políticos, no lo era. Comprendía muy bien que en las épocas de crisis era necesario conferir la dictadura o facultades extraordinarias al gobernante, pero siempre dentro de los límites que la ley estableciera. Sin embargo, aun reconociendo en Bolívar ese genio virtuoso, que había hecho desaparecer “hasta los menores vestigios de recelo o desconfianza, inseparables de todo fiero republicano a la vista de un gran capitán, cuya gloria se puede tema eclipsar la libertad civil”, implícitamente le advertía siguiera el ejemplo de Washington. Agradecía, asimismo, la promoción a la tesorería de la iglesia catedral de Arequipa, dignidad que le fue otorgada por el Libertador el 29 de marzo, a propuesta de una resolución legislativa del Congreso aprobada el 10 de marzo, desde donde y en calidad de ciudadano coadyuvaría a las miras del “restaurador” de la república. Obedeciendo la ley, respetando los magistrados y manteniendo decidido celo por el procomunal(8).
4. El 16 de octubre, desde Potosí, el Libertador dio respuesta a la misiva de Luna Pizarro. No se conoce el contenido de dicha carta, pero de la contestación del “fiero republicano” y del texto de una carta de Bolívar a Heres se puede deducir el tenor de la misma. Decía el Libertador, entre otras cosas, desear en el Perú un gobierno nacional sin injerencia de los colombianos, que el próximo congreso no solo procediera al nombramiento de presidente de la república sino también a la reforma de la Constitución de 1823, y que Luna Pizarro formara parte del Consejo de Gobierno asumiendo un ministerio(9). Luna Pizarro dio repuesta a la comunicación del Libertador. Si bien agradeció el “interés” de Bolívar hacia su persona y a favor del Perú, recelando del supuesto “desprendimiento” para no seguir ejerciendo el mando de la república, sutilmente le inquiría sobre el por qué de esa decisión: “¿Tan pronto se ha cansado V. E. de sembrar el bien en estas regiones, que trata de nombramiento de Presidente de la República en el próximo Congreso? ¿Piensa V. E. desamparar a sus hijos, a esta nueva patria que le aclama padre, hijo primogénito, su honor, su consuelo, su piedra fundamental?”. A su vez, consciente que muchos peruanos le suplicarían por su permanencia en el Perú “mientras se monta la máquina del Estado sobre las ruedas principales que deban conducirla”, le manifestaba que en caso de no aceptar el mando, este debía recaer en la persona del general La Mar, “adornado de virtudes eminentes que no resplandecen tanto en otros ciudadanos, y de un patriotismo desinteresado, que en mi juicio es el alma del republicanismo, en los momentos de constituirse el Estado”. Del mismo modo, afirmaba carecer de las calidades necesarias para ejercer cargos políticos, no recomendables en miembros del estado eclesiástico, “según el espíritu del siglo”, salvo el caso de ser elegido por sus compatriotas arequipeños como diputado al Congreso, comisión por la que haría “el gran sacrificio de abandonar el retiro por que suspiraba” Por último, sentía satisfacción de haber ambos convenido en la “necesidad de que se reforme la Constitución”, cuyos puntos esenciales concernían a las facultades del poder ejecutivo, que debía “recibir amplitud en su autoridad”. Parafraseando a Montesquieu manifestaba haberse dicho “que a las veces debe cubrirse con un velo la libertad como en otro tiempo las estatuas de los dioses, y yo pienso que nunca más urgente esta medida que en la transición de la esclavitud, en esa crisis que amaga anarquía, y con ella la tiranía de algún feliz malvado. Crece la necesidad, reflexionando que los enemigos domésticos son maestros en el arte de hacer la guerra de zapa, poniéndose del lado de los mismos patriotas para exaltar los disgustos, provocarlos a la sedición y reírse de nuestros males, cuando no esperan mejor fruto”. La atribución de mayores facultades al poder ejecutivo implicaba necesariamente reformas al poder legislativo, pues la formación de las leyes según la Constitución de 1823 “nunca serán obra de madurez, sino de la precipitación y aún sorpresa”. Teniendo el poder ejecutivo solo tres días para hacer observaciones a los proyectos de ley, “¿cómo se desempeñará cuando haya tumulto de pasiones, y de proyectos que se le pasen, como forzosamente ha de haber, y más en el sistema de una sola Cámara?”. Luna Pizarro concluía manifestando que aun no habiendo tenido trato personal con el Libertador, por lo cual este no podía conocer su carácter, le aseguraba que “por genio amo la verdad, soy enemigo de la adulación, y con franqueza vierto mi sentir, cuando me parece pedirlo la justicia”(10).
5. El 20 de noviembre de 1825 el colegio electoral de la provincia de Arequipa, conformado por 221 electores, eligió a Luna Pizarro como primer diputado propietario por 200 sufragios(11). El 22, Luna Pizarro remitió carta al Libertador dándole a conocer su nombramiento. En ella expresaba que la reunión del Congreso prometía esperanzas para poner en planta “los elementos de nuestra felicidad” y, del mismo modo, permitiría dar muestras de gratitud “al restaurador de la República, al genio que nos allanó el camino para entrar en el templo donde la razón acorde con la voluntad, pronunciará la ley”. Sin embargo, lamentaba que el Libertador no pudiera estar presente el día de la instalación. Mas, desde cualquier punto en que se encontrara, sería “la columna sobre que se apoye el Congreso”. En consecuencia, le ofrecía trabajar decididamente “conforme a sus miras, tan benéficas a esta naciente república”(12). Con fecha 12 de diciembre Bolívar dio respuesta a la misiva de de Luna Pizarro. En la carta ya se traslucen ciertos resquemores del Libertador contra el clérigo. Bolívar advirtió que Luna Pizarro pretendía, instalado el Congreso, hacer con él lo mismo que hiciera con San Martín. Proseguiría con el “fiero republicano” el juego de sutilezas y simulaciones. Contestó manifestando la satisfacción de haber recibido la carta participándole la elección de diputado que se le había conferido. En seguida, aludiendo a los sucesos del Congreso Constituyente, irónicamente decía: “Y no dudo que la misma antorcha que guió los pasos de la primera representación nacional, sea la que por segunda vez alumbre los del próximo congreso”. Asimismo, consideraba que correspondía al general La Mar la instalación del mismo, por haber combatido “con tanta gloria” y de quien la patria tenía “tanto que esperar”. Él, mientras tanto, se ocuparía de fundar la república de Bolivia. Su presencia, por tanto, era innecesaria y podría producir “celos” que deseaba evitar. En los representantes del Congreso, decía, residían las esperanzas del Perú, siendo conveniente su ausencia, “para que nadie pueda decir que mi presencia lo ha embarazado, ni que mi influjo lo ha arrastrado”. Finalmente expresaba que obtenido el reconocimiento de la nueva república por los estados vecinos retornaría a Lima para despedirse y disponer su regreso a Colombia, habida cuenta que la unión del Congreso con los encargados del cumplimiento de la voluntad nacional, evitará que alguien se oponga “al torrente de bien que nacerá de la libertad adquirida y de la paz doméstica que debe guardar el general La Mar como el ángel del paraíso”(13).
(1) “Remitidos”, Mercurio Peruano. Nº 111. Lima, 13 de diciembre de 1827, p. 3.
(2) Ibíd.
(3) Carta de Luna Pizarro a Joaquín Campino. Lima, 26 de febrero de 1823. Francisco Javier de Luna Pizarro. Escritos políticos. Recopilación, introducción y notas de Alberto Tauro. Lima: UNMSM, 1959, p. 8.
(4) Carta de La Mar a Luna Pizarro. Guayaquil, 15 de agosto de 1825. Mariano Felipe Paz Soldán. Historia del Perú Independiente. Segundo Período, 1822 – 1827. Tomo 2. El Havre: Imprenta de A. Lemale, 187, pp. 58 – 59.
(5) Carta de Bolívar a Unanue. Cuzco, 28 de julio de 1825. Vicente Lecuna. Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales. Tomo V. Caracas: Lit. y Tip. Del Comercio, 1929, p. 53.
(6) Carta de Unanue a Bolívar. Lima, 20 de julio de 1825. Daniel Florencio O’Leary. Memorias del general O’Leary. Tomo X. Caracas: Imprenta de la “Gaceta Oficial”, 1880, p. 324.
(7) Carta de Luna Pizarro al Obispo de Santiago. Valparaíso, 26 de agosto de 1825. Francisco Xavier de Luna Pizarro. Escritos políticos, p. 18.
(8) Carta de Luna Pizarro a Bolívar. Arequipa, 28 de septiembre de 1825, Ibíd., pp. 20 – 21.
(9) Carta de Luna Pizarro a Bolívar. Arequipa, 11 de noviembre de 1825, Ibíd., pp. 22 – 24; Carta de Bolívar a Heres. Potosí, 27 de octubre de 1825. Vicente Lecuna. Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales, Ibíd., p. 150.
(10) Carta de Luna Pizarro a Bolívar. Arequipa, 11 de noviembre de 1825, Ibíd.
(11) “Elecciones de diputados a Congreso general por la provincia de Arequipa”, El Republicano. Nº 3. Arequipa, 10 de diciembre de 1825, p. 11.
(12) Carta de Luna Pizarro a Bolívar. Arequipa, 22 de noviembre de 1825, Ibíd., p. 25.
(13)Carta de Bolívar a Luna Pizarro. Chuquisaca, 12 de diciembre de 1825. Vicente Lecuna. Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales, Ibíd., pp. 189 - 190.

1 comentarios:
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